Tras cruzar el umbral, el grupo desembocó en una estancia colosal presidida por un altar central, donde un silencio sepulcral solo era interrumpido por el chapoteo del agua estancada y el frenético correteo de las ratas. Al aproximarse Raphael de la Ghetto al altar, la oscuridad cobró vida: diez Sombras emergieron del aire, rodeándolo mientras recitaban un cántico rítmico y perturbador: «Uno debe morir». Las criaturas no atacaban, pero su avance era constante y la velocidad de su letanía aumentaba, cerrando el cerco sobre el bardo.
Mientras el resto de aventureros se preparaba para un combate desesperado, Zeros comprendió la naturaleza del rito. Con un movimiento ágil, atrapó a una de las ratas que pululaban por la sala y se la lanzó a Raphael al grito de: «¡Dales su sacrificio!». El bardo cazó al animal al vuelo y, con un tajo certero, dejó caer su sangre sobre la piedra fría del altar. Al instante, la exigencia de los espectros quedó satisfecha y las Sombras se desvanecieron en la nada. Al inspeccionar el lugar, Raphael observó con horror los grilletes y las manchas de sangre antigua, confirmando que aquel lugar había sido el escenario de innumerables sacrificios humanos en el pasado.
Con la paz regresando a las profundidades, Orlok despejó con su acero unos montones de basura donde algo parecía agitarse, aunque no halló amenaza alguna. Fue entonces cuando los espíritus de Rosa y Espino Durst, sintiendo que su tormento terminaba, se despidieron del grupo para descansar eternamente. Los aventureros cumplieron su última promesa: recuperaron los restos de los niños del ático y les dieron sepultura en las catacumbas de la mansión. En agradecimiento, los espíritus otorgaron una bendición final que restauró por completo las fuerzas y heridas de todos los presentes.
Las puertas principales de la mansión se abrieron de par en par. Al abandonar finalmente la opresiva estructura, el grupo halló una cesta cargada de frutas exóticas, pociones de curación y antídotos. Sin embargo, el regalo venía acompañado de una nota que heló la sangre de los aventureros más que el propio frío de la noche. En ella, con una caligrafía elegante, se leía: «Bienvenidos a Barovia», firmado por el mismísimo Strahd von Zarovich.