En las sombrías entrañas bajo la vieja iglesia, la compañía descendió, antorchas en mano, para enfrentar a la criatura miserable encerrada allí. El vampiro, antaño terror de la noche, ahora no era más que un harapo acurrucado tras un pilar, débil por el hambre y la soledad. Elara arrojó su antorcha al abismo y todos vieron al enemigo: frágil, cauteloso, aún susurrando acerca de la sangre. Sin dudarlo, se lanzaron sobre él. Barjulián, con un gesto teatral, le lanzó purpurina de colores al pobre ser, mientras Orlok, fortalecido por la magia de Zeros, atacó con renovada fuerza. El combate fue breve; el vampiro, apaleado y roto, recuperó un destello de humanidad antes de desvanecerse en una mancha negra sobre la piedra, dejando un último “gracias” antes de desaparecer del mundo. El grupo regresó a la iglesia y comunicó al cura Danovich, padre de la criatura en la que su hijo se había convertido, su hazaña, destacando (falsamente) la rapidez y discreción de su acción.
El clérigo, sumido en un mar de lágrimas y fe vacilante, relató la tragedia de su vástago. Doru no siempre fue un monstruo; un año atrás, se había unido a una muchedumbre de aldeanos enardecidos por las palabras de un carismático y poderoso mago extranjero que había desafiado abiertamente el poder de Strahd. Donavich describió al líder de aquella rebelión fallida como un hechicero de túnicas oscuras y poder inconmensurable, un hombre que prometió la libertad y solo trajo cenizas.
Durante la conversación, surgieron fragmentos de una historia que trascendía los límites de Barovia. El misterioso instigador fue identificado como Mordenkainen, un nombre que resuena con fuerza en los anales de la magia multiversal. Según los relatos, este archimago es el fundador del legendario Círculo de los Ocho en el mundo de Oerth. Aunque su intención era derrocar al «Demonio de la Tierra», su derrota dejó a jóvenes como Doru a merced de la maldición vampírica. Mientras escuchaban el relato del sacerdote, la magnitud de la amenaza de Strahd se hizo más evidente: si un archimago de tal renombre había fracasado en su intento, ¿qué esperanza les quedaba a ellos en este reino de brumas y desesperación?
Después, enterraron al Burgomaestre, mientras las sombras de la noche y el eco de sus actos quedaban grabados en la memoria de la aventura.