La noche caía sobre Vallaki cuando el grupo se plantó ante la imponente mansión del burgomaestre, decididos a desentrañar el oscuro misterio de la obsesión de Izek por Ireena Kolyana. Dos guardias custodiaban la entrada con gesto adusto. Barjulián intentó abrirse paso haciendo gala de sus dotes comunicativas, pero la diplomacia saltó por los aires cuando los guardias le invitaron a abandonar el patio. A Zeros se le ocurrió una idea desastrosa: mostrarles la marioneta de Strahd von Zarovich que acababa de comprar. Al ver la efigie del vampiro, los guardias reaccionaron con furia, amenazando al gnomo con atacarle y desterrar a todo el grupo de una ciudad que vivía obsesionada con purgar la presencia de ese mismo mal. Tuvo que intervenir Raphael, quien con su habitual elocuencia logró apaciguar los ánimos y convencer a los centinelas de que su verdadero propósito allí era acabar con Strahd. Con recelo, los guardias les franquearon el paso al recibidor, anunciando que el barón Vargas Vallakovich los atendería.
Una doncella los guió hacia el interior, pero la espera se tiñó de curiosidad cuando el grupo percibió el olor a humo de pipa y un murmullo de voces femeninas en una sala contigua. Sin pensárselo dos veces, Zeros fingió buscar desesperadamente un baño e irrumpió de golpe en la habitación de al lado. Allí se topó con nueve ancianas que trabajaban a contrarreloj en los preparativos del festival; entre ellas se encontraba la mismísima esposa de Vargas, quien, escandalizada, le instó a abandonar la estancia de inmediato.
Fue en ese momento cuando la verdadera amenaza de la casa hizo acto de presencia. Una figura imponente con armadura y espada al cinto entró flanqueada por dos perros enormes. A su lado caminaba el hombre del retrato de Blinsky: Izek, exhibiendo su deforme y monstruoso brazo. Se intentó entablar un diálogo con el barón Vargas, pero los aventureros no tenían nada de su interés que ofrecer. La desconfianza del burgomaestre no tardó en tornarse en paranoia absoluta, llegando a la conclusión de que aquellos extranjeros eran espías de Strahd. A pesar de los intentos del grupo por disuadirle, el enfado de Vargas fue monumental; abandonó la sala dando un portazo y dejó a Izek obstruyendo la única salida.
La tensión estalló cuando el brazo deforme de Izek comenzó a prenderse en vivas llamas.Flynnn, haciendo gala de una temeridad inocente, se acercó para observar el fuego de cerca. La respuesta del capitán de la guardia fue brutal: le propinó un tremendo mascón al muchacho, desatando el combate de forma instantánea.
En mitad del caos, Raphael urdió una estratagema desesperada utilizando su magia para disfrazarse de Ireena. El truco funcionó a nivel psicológico: Izek se quedó completamente paralizado, estupefacto al ver el reflejo vivo de sus muñecas obsesivas. Orlok aprovechó el momento de distracción para descargar un hachazo brutal que le infligió 24 puntos de daño, pero, para horror de todos, el monstruoso guardián ni se inmutó ante la herida. Mientras tanto, el ominoso eco de armaduras corriendo por los pasillos exteriores anunció que los refuerzos se echaban encima.
Zeros, comprendiendo que aquella situación les superaba por completo, tomó una decisión drástica y destruyó una de las ventanas para abrir una vía de escape. El pánico se apoderó de la retirada; todos los miembros del equipo corrieron hacia el ventanal para salvar la vida, excepto Barjulián, que inexplicablemente se quedó rezagado lanzando rayitos contra los enemigos mientras los soldados irrumpían en la estancia. Finalmente, tras recibir una contundente sarta de hostias que le hicieron ver las orejas al lobo, el testarudo combatiente percibió el peligro real y decidió imitar a sus compañeros.
Derrotados, magullados y con el orgullo herido, el equipo logró dejar atrás la mansión bajo la lluvia de Vallaki, arrastrando sus pasos de vuelta a la seguridad de la Taberna del Agua Azul para lamerse las heridas y replantear su estrategia.