La pesadez de la derrota se reflejaba en cada paso que daba el grupo al cruzar el umbral de la Taberna del Agua Azul. Magullados y exhaustos, buscaron el consuelo del refugio, pero al relatarle los acontecimientos a Urwin, el rostro del tabernero palideció. Preso del pánico, les urgió a desaparecer de su vista inmediatamente; la guardia del pueblo no tardaría en peinar las calles buscándolos. Siguiendo su consejo, subieron a trompicones hasta su habitación para atrincherarse y tratar de encontrar sentido a su desesperada situación.
Apenas habían comenzado a debatir su próximo movimiento cuando un estruendoso portazo resonó desde la planta baja. Pasos pesados y metálicos comenzaron a subir las escaleras. Flynnn, asomando la cabeza cautelosamente por la puerta, confirmó sus peores temores: dos guardias fuertemente armados estaban registrando las habitaciones una por una. Un leve crujido delató su posición, y los guardias, al percatarse de la rendija abierta, se dirigieron con paso firme hacia ellos.
El pánico se apoderó de la estancia y obligó a una acción rápida. Zeros, Barjulián y Flynnn se lanzaron al suelo para buscar escondite. Flynnn, con su metro y veinte centímetros de estatura, se deslizó con una agilidad envidiable por debajo del somier, quedando completamente oculto en la oscuridad de la estructura. Mientras tanto, en un acto de pura improvisación, Zeros tejió un conjuro de ilusión sobre Orlok, transformando su ruda apariencia en la de una deslumbrante mujer, completamente desnuda, que compartía el lecho con Raphael, quien también uso un conjuro de disfraz sobre si mismo.
Cuando los guardias irrumpieron en la habitación, se encontraron con una escena que los dejó momentáneamente descolocados. Carraspeando y visiblemente incómodos, exigieron a los ocupantes de la cama que se vistieran de inmediato. Sin embargo, su instinto no les falló y comenzaron a avanzar hacia los bordes de los catres para inspeccionar los bajos. Fue entonces cuando la magia volvió a intervenir: combinando sus talentos arcanos, Raphael y Zeros canalizaron un doble truco de prestidigitación. De repente, un hedor nauseabundo, pestilente y abrumador inundó la habitación. El olor a podredumbre golpeó a los guardias con tanta fuerza que sus estómagos se revolvieron, forzándolos a abandonar la inspección y salir corriendo al pasillo para vomitar.
Aprovechando la dantesca distracción, Zeros, Barjulián y Flynnn ataron rápidamente una cuerda a la ventana y descendieron hacia el exterior. Cuando los guardias, aún pálidos y con arcadas, regresaron para terminar su ronda, solo encontraron a la supuesta pareja. Continuaron con el interrogatorio a Raphael mientras Orlok cubría su nuevo y delicado cuerpo desnudo tras de él para mayor distracción. Al no ver nada sospechoso y convencidos con las explicaciones de Raphael, decidieron dejarlos en paz. Poco después, amparados por la tranquilidad, el resto del equipo volvió a trepar a la estancia, permitiéndose al fin un merecido descanso.
Con las fuerzas renovadas, decidieron que era el momento de buscar respuestas. Se reunieron en secreto con Urwin y el misterioso Rictavio, trasladándose a la habitación de este último para evitar oídos indiscretos. Desplegaron sus dudas sobre las crípticas cartas de la adivina, y Rictavio, con voz grave, comenzó a descifrar su significado:
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El 1 de Espadas: Señalaba hacia Argynvostholt, una antigua y fortificada mansión.
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El 6 de Estrellas: Apuntaba a los dominios del peligroso Mago Loco, en el Monte Baratok.
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La Reina de Corazones: Revelaba una ubicación clave en las entrañas del mismísimo Castillo de Strahd.
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La Reina de Picas: Representaba a Esmeralda d’Avenir. Al pronunciar su nombre, Rictavio frunció el ceño, asegurando con evidente preocupación que ella no debería encontrarse en Barovia.
Zeros, aguzando sus sentidos, percibió una tensión inusual en el bardo al mencionar a la muchacha. Era evidente que ocultaba gran parte de la historia. Presionado por el incisivo interrogatorio, el hombre finalmente cedió, pero puso un precio a la verdad: exigió el curioso espejo que Flynnn portaba consigo.
Una vez cerrado el trato, el velo del misterio cayó. Rictavio confesó que Esmeralda había sido su devota seguidora y que él le había enseñado todo lo que sabía. Pero sus lecciones no consistían en afinar laúdes ni recitar poemas; le había instruido en el mortal arte de cazar vampiros. El bardo bonachón no era más que una fachada. Su verdadero nombre era Rudolph van Richten, el legendario cazador de monstruos.
Les reveló, además, que el espejo que acababa de adquirir no era una simple baratija, sino un arma letal concebida para destruir a las criaturas de la noche. Rictavio les prometió su alianza en la inevitable guerra contra Strahd von Zarovich, pero fue tajante en su evaluación: en su estado actual, marcharían hacia una muerte segura. Necesitaban amasar más objetos de poder y reclutar aliados dispuestos a luchar.
Con el peso de las revelaciones sobre sus hombros y un nuevo horizonte de tareas por delante, el grupo tomó una decisión. Su próximo destino estaba claro: emprenderían el camino hacia la abadía de Martikov en busca de Esmeralda, con la esperanza de sumar su talento a sus filas.