Bajo el cielo grisáceo de Vallaki, la vida parece transcurrir entre el miedo y el brindis. En la penumbra de la taberna local, el grupo buscó un momento de descanso mientras los barriles de Pulpa Púrpura nº3 y el escaso Dragón Rojo servían para humedecer las gargantas secas por el polvo del camino. Allí, entre las sombras, un bardo ambulante de orejas afiladas llamado Rictavio se acercó con cautela. Sus palabras fueron un susurro de advertencia: en Barovia, las paredes tienen oídos y los Vistani podrían ser los ojos del mismísimo Strahd. Mientras hablaba de los festejos de la ciudad —desde las cabezas de lobo en picas del pasado festival hasta el inminente Festival del Sol Llameante—, relata la trágica historia en la que tuvo que empeñar un pequeño mono de su propiedad al juguetero Blinsky.
La tensión estalló cuando Raphael decidió que el silencio no era una opción y entonó una canción desafiante sobre la maldad del conde, atrayendo las miradas gélidas de los soldados locales. Fue la intervención de Urwin, el posadero, la que devolvió la calma y puso sobre la mesa su verdadera necesidad: viajar a la viña de «El Mago de los Vinos». El suministro se había cortado y el destino de la familia de Davian Martikov, un anciano de barbas blancas, era una incógnita que solo ellos podrían resolver.
Antes de partir, en los establos, el grupo creyó ver una señal en los cuervos que los observaban, tratando de vincular su presencia con las profecías de Madam Eva. El viaje hacia el oeste, sin embargo, guardaba sorpresas más personales. En una encrucijada, mientras Raphael reparaba un poste de señalización, el suelo le devolvió un fragmento de su propia infancia: un dibujo de un amigo imaginario que creía olvidado. Poco después, Flynnn encontró entre la hojarasca una pequeña bailarina perteneciente a una caja de música, un eco mecánico en mitad de la desolación.
Al llegar finalmente a los viñedos, no fueron recibidos por el aroma a uva, sino por un grupo de figuras encapuchadas ocultas entre los árboles. Era Davian Martikov junto a sus hijos Adrian, Elvir y Dag. El relato del patriarca fue sombrío: dos noches atrás, una hueste de druidas y extrañas criaturas vegetales habían tomado la bodega por la fuerza. Sin armas y con niños a su cargo, la familia solo pudo observar cómo su sustento caía en manos de la oscuridad.
Ahora, con el apoyo de los hijos de Davian, Zeros, Raphael, Barjulián y Flynnn se encuentran ante un edificio con cuatro puntos de acceso: la zona de carga, el taller delantero, el almacén lateral y el taller de soplado trasero. El vino de Barovia depende de su próximo movimiento, pero el aire que emana de la bodega sugiere que los druidas están preparando algo mucho más letal que una simple cosecha.