La colina de las tumbas dejó de ser solo un cementerio para convertirse en el epicentro de una purga necesaria. Con la primera gema de Davian finalmente en su poder, el grupo comprendió que el mal que asolaba los viñedos tenía una raíz mucho más profunda y física de lo que imaginaban.
Mientras Orlok comenzaba el arduo proceso de sintonización con la Lanza de Sangre, sintiendo cómo el arma reclamaba su lugar en su espíritu, Barjulián recibió una advertencia vibrante de Gastón. El bastón detectó una oleada de magia abrumadora proveniente de un árbol gigantesco y retorcido: el nexo vital que animaba a las hordas de marchitas.
Aunque atacar al árbol madre significaría perder la ventaja que les proporcionaba Gastón, sin dudarlo, Zeros y Flynnn conjuraron lenguas de fuego sobre la madera ancestral, con la esperanza de asestar un golpe definitivo a las fuerzas deStrahd von Zarovich. La reacción fue inmediata y violenta; las marchitas, sintiendo el dolor de su progenitora, se lanzaron en un frenesí suicida contra el grupo. En medio del caos, una llamarada imprevista estalló con tal intensidad que dejó a Flynnn momentáneamente incapacitado, paralizado por el asombro —o quizás por un destello de magia residual— mientras las sombras del bosque ardían.
La batalla se dividió en oleadas. Mientras el árbol se convertía en una pira monumental, nuevos grupos de marchitas surgían de la maleza en un último y desesperado intento por proteger su fuente de vida. Fue entonces cuando Orlok divisó, tras el tronco llameante, el cadáver de un antiguo soldado. El cuerpo, aún envuelto en restos de armadura de cuero, tenía un hacha gigante clavada profundamente en el árbol, como un último acto de desafío antes de morir. Con su fuerza característica, el orco reclamó el hacha y, en un gesto de respeto marcial, retiró el cadáver lejos de las llamas.
En el hueco que antes ocupaba el soldado, Zeros percibió un brillo dorado. Al excavar entre la tierra y la ceniza, desenterró un medallón con forma de sol y una gema roja incrustada en su centro, un objeto que parecía irradiar una luz sagrada en mitad de tanta oscuridad.
El combate tuvo sus momentos de frustración táctica. Raphael , viendo que su estoque apenas hacía mella en la corteza endurecida de las criaturas, decidió que si el acero fallaba, sus insultos no lo harían. Recurriendo a su «afilada lengua», el bardo lanzó una diatriba tan cargada de veneno místico que consiguió derribar a su nuevo archienemigo entre las marchitas, demostrando que en Barovia, una humillación bien dirigida puede ser tan letal como una bola de fuego.
Finalmente, el árbol madre colapsó en un montón de brasas humeantes. Barjulián se despidió de su astillado compañero y lanzó a Gastón a las brasas. Con el enemigo aniquilado y la fuente de lasmarchitas destruida, el grupo dedicó un momento a dar sepultura al soldado desconocido, cerrando así un capítulo de sangre en la colina y preparándose para devolver la gema a los Martikov.