Tras la carnicería en la planta baja, el silencio de la bodega se vio roto por el eco de pasos apresurados. El druida, tras verter una sustancia desconocida en las grandes cubas de fermentación, había logrado escabullirse hacia los niveles superiores justo cuando las últimas marchitas caían bajo los picotazos de los cuervos. Sin perder un segundo, el grupo se lanzó escaleras arriba en una persecución frenética.
Mientras ganaban terreno, Barjulián se detuvo un instante para inspeccionar uno de los barriles rociados por el fugitivo. El veredicto fue sombrío: el preciado caldo de los Martikov había sido «envininado«, corrompido por una magia natural retorcida. Siguiendo el rastro de lodo y maleza, los héroes irrumpieron en una estancia donde el fugitivo se había reagrupado con otro druida y dos escoltas vegetales. El combate fue breve pero intenso; el acero y los conjuros del equipo se impusieron sobre la corteza y los ritos paganos, dejando la habitación sembrada de restos de madera seca.
Al registrar el mobiliario, el grupo dio con un cofre que guardaba un botín considerable:
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50 piezas de Oro.
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250 piezas de Electro (grabadas con el frío rostro de Strahd ).
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350 piezas de Plata.
Junto a las monedas, apareció un documento de remesas que planteaba más preguntas que respuestas. En él se leían apenas unos códigos de destino: SV, AA, K y, de forma más inquietante, «Vistani«.
La búsqueda del líder de los invasores terminó en una habitación contigua. Allí, un tercer Druida empuñaba un báculo de aspecto retorcido y maligno. Tras una lucha encarnizada que terminó con la derrota del místico, el objeto cayó al suelo con un eco seco: era el Bastón de Gulthias, una reliquia imbuida de un aura de maldad pura capaz de someter la voluntad de las marchitas.
Barjulián, reconociendo el potencial del arma pero sintiendo su halo oscuro, decidió que era necesario sintonizarse con ella para dominar su poder. Mientras el mago iniciaba su ritual de concentración, el resto del grupo decidió tomarse un respiro. Sin embargo, en el fragor de la exploración, habían cometido un error táctico: dejar todas las puertas de la bodega abiertas tras de sí.
Las ramas marchitas que aún rondaban el edificio, atraídas por el vínculo con su antiguo dueño, aprovecharon el descuido para entrar en tropel. El descanso fue interrumpido por un nuevo combate, una lucha desesperada por proteger al mago mientras este completaba su vínculo. Finalmente, entre el entrechocar de espadas y el crujido de la madera, Barjulián consiguió sintonizarse con éxito. El bastón ahora respondía a su voluntad, pero el precio de blandir tal oscuridad aún estaba por verse.