Con la resaca de las desventuras anteriores ya disipada, una unánime resolución cobró fuerza entre los aventureros: debían encontrar al mono del que les había hablado el bardo Rictavio. Sin dar demasiadas explicaciones para no levantar alarmas, el grupo sumó a su marcha a Ismark y a Ireena, adentrándose juntos en las grises calles de Vallaki hasta dar con la juguetería de Blinsky. El establecimiento resultó ser un festival de lo macabro, un rincón repleto de muñecos horrendos y tétricos que difícilmente harían feliz a un niño sano. Sin embargo, en mitad de aquel ambiente gótico, Blinsky les presentó a Piccolo (el mono). El pequeño mono resultó ser una criatura absolutamente graciosísima, un soplo de comedia que alivió por un instante la tensión del lugar.
La atmósfera se congeló por completo cuando Ismark e Ireena se quedaron estupefactos, con la mirada clavada en los estantes superiores. Frente a ellos se alineaban varias muñecas que eran réplicas idénticas, trazo a trazo, de la propia Ireena Kolyana. Al percatarse de la presencia de la joven, Blinsky abrió los ojos de par en par y exclamó con una mezcla de reverencia y locura: «¡Tú eres su imagen, la imagen de Izek! ¡Él quiere una muñeca tuya!». Sin perder un segundo, el juguetero comenzó a tomar patrones de medida de la desconcertada muchacha. Blinsky les habló entonces de Izek, el implacable jefe de la guardia y brazo derecho del barón de Vallaki, un hombre temido por todos y conocido por portar una extremidad monstruosa. A pesar de la evidente y perturbadora obsesión del guardia, Ireena palideció y aseguró solemnemente no haber visto a ese hombre en su vida.
Intrigados y conscientes del peligro que esto suponía, Raphael entregó una moneda de oro a Blinsky para que les dibujara un retrato del capitán. El boceto resultante fue estremecedor; lo que más llamaba la atención era un brazo deforme, erizado de pinchos, cubierto de protuberancias biológicas y rematado en uñas larguísimas de las que, según mostraba el trazo del juguetero, nacían llamaradas de fuego mágico. Blinsky les advirtió además que el barón estaba organizando de forma inminente el Festival del Sol Llameante, una celebración donde Izek estaría sin duda al frente de la seguridad.
Antes de abandonar la tienda, Zeros no pudo resistirse al encanto de lo bizarro y adquirió una marioneta de ventrílocuo con la viva imagen de Strahd von Zarovich por seis monedas de plata. Por su parte, Raphael de la Ghetto decidió que Piccolo (el mono) no merecía quedarse encerrado en aquella leonera de pesadilla. Concentrando su carisma místico, el bardo lanzó un hechizo de sugestión sobre Blinsky, convenciéndolo sutilmente de que lo más sensato era entregarle el mono. El truco funcionó de manera impecable y Raphael se adueñó del simio ante la mirada atónita de los presentes. Con el botín y las nuevas incógnitas a cuestas, regresaron a la posada, donde Urwin les reveló la ubicación exacta de la mansión de Vargas Vallakovich el burgomaestre. El equipo se presentó frente a las puertas de la casa del barón.